Esta semana se ha cumplido el 79º aniversario de la proclamación de la II República. Es éste, por tanto, el momento perfecto para reafirmarnos en nuestros sentimientos republicanos, que están o deben estar más vivos que nunca en estos tiempos de crisis. El sentimiento republicano es perfectamente compatible con la aceptación del marco constitucional actual, en la medida en que lo esencial del republicanismo no es la sustitución del jefe de Estado: va mucho más allá, pues sus cimientos parten de unos valores sobre los cuales se ha de gobernar la res pública, la "cosa pública", para entendernos.
¿Y qué valores son esos? Los clásicos de libertad, igualdad y fraternidad, o solidaridad, como se prefiera. De ellos emanan todos los bienes jurídicos que nuestro Estado Social y Democrático de Derecho ampara. La realidad de la crisis es que ha nacido de la vulneración de esos valores republicanos.
¿Y quién los ha vulnerado? Los de siempre, los enemigos de la paz y la alegría. En muchas ocasiones se da la paradoja de que quien verdaderamente hunde la patria es quien se cree un auténtico salvapatrias, alguien tocado por una mano divina que le ha confiado la verdad absoluta. Y se cree que debe imponer su verdad de forma intolerante, sin molestarse en escuchar al que piensa distinto.
¿Cómo se hunde la patria, que al fin y al cabo no es ni más ni menos que la res pública? Se puede hacer de muchas maneras, entre otras:
Económicamente, evadiendo impuestos, fugando capitales, malversando fondos públicos, cerrando el grifo del crédito a la actividad económica verdaderamente productiva;
Éticamente, al intentar que se olvide nuestro pasado más reciente, que incluye casi cuarenta años de dictadura fascista;
Culturalmente, imponiendo una visión interesada de nuestra Historia que niega la verdadera pluralidad lingüística y cultural de España;
Socialmente, con EREs, deslocalizaciones e implantando condiciones de mercado monopolísticas -valiéndose de una posición ventajista- con las que las pymes -que son las mayores creadoras de empleo- no pueden competir;
Toda esta reflexión siempre ha estado en mi cabeza, pero las palabras se ordenaron en ella, cuando, precisamente el 14 de abril, tuve que soportar en clase como un compañero exponía un trabajo en el que se equiparaba moralmente la objeción de conciencia de un médico americano que se negaba a practicar una inyección letal a un reo condenado a la pena de muerte, con la objeción de conciencia de un funcionario público español que se negaba a celebrar una boda entre personas del mismo sexo.
Por todo ello entiendo que éste es el mejor momento para reivindicar una educación laica y científica, basada en los valores cívicos y republicanos. Hay que darle al pueblo toda la formación, para que disponga de las mejores oportunidades; toda la información, para empoderarlo; y toda la cultura, para opinar y tomar decisiones con conocimiento de causa. Escuela y despensa, que diría Joaquín Costa.
PEDRO MOLINA ALCÁNTARA
