Esta semana hemos tenido el privilegio de gozar en nuestro país de uno de los mayores eventos en materia democrática de los últimos meses. Se trata del debate monográfico sobre economía, que recientemente aconteció en el Congreso de los Diputados. A pesar de que nuestro partido, el PSOE, prefería evitar la comparecencia del presidente para que en su lugar lo hiciera el vicepresidente económico Pedro Solbes (una idea lógica, puesto que es el titular de la cartera de Economía y Hacienda), no me escondo de decir que me alegro sobradamente de que la oposición venciera esta votación. Me alegro, porque de no haberlo conseguido, no habríamos tenido la oportunidad de ver al presidente en su mejor estado de gracia desde que recuerdo. Han sido muchas veces las que todos lo hemos escuchado y nos hemos emocionado con sus palabras (otros se ofenden, pero que le vamos a hacer), pero, como decía, nunca lo vi superar con tanta fuerza su ya de por sí enorme talla política. Durante su primera intervención, reconoció sin titubeos la difícil situación económica, explicó las causas y defendió sin ambages su gestión al frente del ejecutivo, a la vez que reivindicó la necesidad de continuidad en las políticas de corte socialdemócrata y de profundizar y ahondar en ellas como vehículo hacia el bienestar de la ciudadanía. Cualquier otra postura en materia económica habría mostrado un fracaso estrepitoso de todas las personas que votamos en las últimas elecciones a ese partido de izquierdas que se llama PSOE.
Superada la primera intervención, el líder opositor Rajoy Brey descalificó una y otra vez al presidente, reclamando sus ansiadas políticas económicas neoliberales, de contención en el gasto público y social, de congelación salarial y en las pensiones; y por supuesto, de los decretazos y la pérdida del diálogo social. A juicio de los que nos consideramos de izquierdas (socialdemócratas o comunistas), dan un respiro a la gente pudiente a costa del oxígeno de las clases trabajadoras. El presidente del PP demostró una vez más sus "fuertes convicciones democráticas" llamando a la política económica socialdemócrata "política de las viejas recetas y rancia". Todo un piropo viniendo de quien viene. Afirmó además, que la economía no entiende de ideología, que "o se lleva bien, o se lleva mal". Buena patada a los libros de teoría económica, sí señor.
Los demás grupos parlamentarios se mantuvieron en su línea, reclamando al ejecutivo más y mejores medidas para paliar la crisis, algo razonable y necesario (toda crítica constructiva es propia de la democracia). Todos los grupos excepto una "miembra" rubia del grupo mixto, que hace poco se salió de su partido para fundar otro tras años de descontento por no obtener la secretaría general. La única crítica salvable sería la de acusar al presidente de jugar al cuento de la lechera porque insultos como "fiel a su historia llena de mentiras", pues poco enriquecieron el debate. Dedicó tanto rato a insultar a Zapatero que se acabó su turno de intervención sin haber formulado ninguna propuesta sensata. Lo cierto es que aunque no estaba allí puedo imaginar un ambiente en aquellos momentos cargado de envidia, celos, rencor... Por el contrario, interesantes fueron las críticas de Coalición Canaria, que animaron al presidente a consultar con algún "jarrón chino", cosa para tomar en cuenta, puesto que cualquier aportación procedente de Felipe "jarrón chino" González siempre es productiva. También quería destacar el discurso de la increíblemente atractiva portavoz de Nafarroa – Bai, Uxué Barkós, quien instó al presidente a continuar en la senda de las políticas sociales y a no desmarcarse de la fiscalidad como mecanismo de justicia social.
Previamente al turno de réplica del presidente, el portavoz del grupo socialista, José Antonio Alonso, alabó la prontitud con que el gobierno ha puesto en marcha medidas para contener la difícil situación económica.
Y fue durante el turno de réplica cuando José Luis Rodríguez Zapatero desató la magia de la dialéctica en el hemiciclo. Tuvo a bien darle una lección de política económica al señor Rajoy Brey, explicando la diferencia entre una política económica conservadora de contención en el gasto público, y una socialdemócrata, de políticas sociales, solidaria con las clases obreras y comprometida con la subida de las pensiones y del salario mínimo interprofesional. Además, aclaró que cualquier tipo de subvención para cualquiera de los sectores productivos afectados por la crisis generaría una situación de bonanza económica ficticia, puesto que, a la larga, repercutiría negativamente en el presupuesto del Estado. Rajoy, por su parte, no pudo más que negar todo y acusar de mentiroso al presidente. En definitiva, fue una buena tarde para aumentar la confianza en la clase política de este país, o recuperarla, si es que se había perdido.
Pedro Molina